
Hola, querido, querida suscriptora.
Tengo un gato que si bien pensaba que era ético peletico, me doy cuenta que es más peludo pelin pin pudo.
En entregas anteriores les conté algunos ejemplos y cuestionamientos éticos: McKinsey y los opioides, la IA acosando mujeres, cómo los diseñadores arruinamos el mundo. Les prometí que profundizaríamos en deontología, consecuencialismo, ética de la virtud y todas esas palabras rimbombantes.
Quería hablar de eso porque pensé que lo tenía claro. Pero entre más le meto cabeza, menos lo tengo. Efecto Dunning-Kruger en vivo y en directo.
Y por eso para explicar mejor mi dilema les tengo un chismecito que no puede salir de aquí, ¿pinky promise?
Chismecito corporativo
Hace un par de semanas nos reunieron en el trabajo y nos pidieron que prioricemos las ganancias en los productos que diseñamos.
El pedido me descoloco pero no me sorprendió. No trabajo en una ONG. Es lo esperable en las empresas: hay que ver por la eficiencia y optimizar ganancias. Tampoco es que me hayan pedido sacrificar gatitos peludos. Es el juego en el que estamos.
Si bien me gustaba creer que diseñábamos cosas para impactar positivamente la vida de las personas, la realidad es que estamos en un negocio.
Pero acá viene la pregunta relevante: ¿qué significa exactamente «priorizar ganancias»?
¿Significa diseñar dark patterns que manipulan usuarios vulnerables? ¿O significa optimizar conversiones de forma transparente? No es lo mismo. La vaguedad moral te paraliza más que el dilema real.
Y ahí está mi problema: pensaba que sabía qué estaba mal. McKinsey diseñando estrategias mortales, dark patterns que manipulan usuarios vulnerables – obvio que está mal, ¿no?
Pero cuando intenté articular por qué, cuando traté de ir más allá de «me parece horrible cobrar por esto», me di cuenta que no era tan sólido. Solo intuiciones. Sentimientos difusos. «Esto me parece mal» sin poder explicar desde dónde lo estaba pensando ni cómo construir un argumento que se sostuviera más allá de mi incomodidad personal.
La contradicción material
Tengo claro mis criterios de industrias donde nunca trabajaría: tabaco, apuestas. No negociable, no hay ningún aporte que pueda hacer ahí.
Pero donde estoy ahora tengo la ilusión de que puedo tener impacto. Me gusta mi trabajo y estoy alineado con el propósito de la institución. (En verdad lo creo, y no lo digo solo por si RRHH llega a leer esto).
El problema es que mi pensamiento crítico se me está yendo de las manos.
Cuando anunciaron lo de «priorizar ganancias» bromeé: «Sabía que un día el sistema y sus contradicciones me haría volver a mi vida simple en el campo». En referencia a que esos dilemas un día me pueden llevar a renunciar.
Espero que nunca llegue ese día.
Pero la verdad es que no podría renunciar hoy aunque quisiera. Me quedo sin mi sustento. Y esa es justo la contradicción: necesito criterios más sólidos que la intuición para saber cuándo cruzaría una línea, pero también necesito las condiciones materiales que me permitan hacerlo cuando sea necesario.
Y ahí está el problema real: ¿cómo puedo decir que algo «está mal» si no puedo sustentarlo más allá de «me hace sentir incómodo»? ¿Y cómo distingo entre un dilema ético real y simplemente estar siendo dramático?
Gatitos éticos peléticos
Siempre me interesó lo político, filosófico, ideológico, social. Pero nunca le había dado el peso que corresponde. No es un tema del que se habla en casa, ni lo vi en la secundaria o instituto. Y por mucho tiempo lo dejé superficial: falta de tiempo, porque eso no da plata, porque hay cosas más urgentes.
El capitalismo solo nos deja pensar cuando no estás produciendo valor: no hay tiempo material para filosofar cuando hay que alimentar a la familia. Pero ahora que el mismo sistema me ha permitido tener una base material que me sostenga, puedo hacerlo.
Y entre más leo, menos entiendo. (Solo sé que nada sé, y toda esa vaina).
Me di cuenta que necesito una mejor metodología para abordarlo. No puedo seguir dándole vueltas al tema sin estructura.
Por eso empecé a explorar líneas de pensamiento ético: deontología, consecuencialismo, ética de la virtud. No para elegir una «corriente favorita», sino para tener herramientas conceptuales claras cuando evalúe dilemas concretos en mi trabajo. Y para no caer en dogmas.
Ahora estoy metido en filosofía del pensamiento crítico y argumentación. Porque sin eso, cualquier posición ética es solo preferencia personal elevada a principio universal. Y eso es exactamente lo que quiero evitar.
Porque puedo leer toda la filosofía del mundo, pero si construyo hombres de paja para tumbarlos más fácil, si mis sesgos me hacen ver solo lo que confirma lo que ya creo… entonces cualquier posición ética que tome será solo mi preferencia personal disfrazada de principio universal.
La próxima semana quiero que hablemos de por qué nos cuesta tanto argumentar. Por qué nuestros sesgos nos hacen distorsionar posiciones ajenas en lugar de enfrentarlas en su versión más fuerte.