Circula en LinkedIn el post de un hombre que se hizo tatuar una abeja en la mano para recordar que lo imposible es posible, porque supuestamente hay un cartel de la NASA que dice: «Aerodinámicamente el cuerpo de una abeja no está hecho para volar; lo bueno es que la abeja no lo sabe». Bonito, ¿verdad? El problema es que ese cartel de la NASA no existe.
Pero vamos más allá del cartel falso: la premisa también es falsa. Si físicamente las abejas no pudieran volar, no lo harían. Su forma de volar no es convencional comparada con otros insectos, eso es cierto. Pero eso no la hace imposible, solo diferente. Lo que durante un tiempo pareció «inexplicable» era simplemente que los modelos de física usados eran demasiado simples para el movimiento real de sus alas. Cuando se aplicaron mejores modelos, se explicó perfectamente. Las abejas vuelan porque pueden volar.
La frase funciona igual: hay que buscar soluciones «creativas» para lograr lo que otros (que no han estudiado física, como yo) creen que es imposible. Ese es el mensaje. Suena bien en una diapositiva de keynote o en una cajita de corn flakes, pero está construido sobre dos mentiras: una institucional (la NASA) y una científica (la física de las abejas).
¿Qué función cumple ese contenido? Convencer de que la ignorancia es una ventaja competitiva. «No sabes que es imposible, entonces lo logras.» Es exactamente lo contrario de lo que necesita alguien que quiere resolver problemas reales: contexto, evidencia, historia del problema.
El costo concreto de comprar ese discurso: tatuarse una abeja en la mano para recordar que «lo imposible es posible», basándose en un cartel que no existe y en física que está mal aplicada. No es insulto, es evidencia de hasta dónde llega el daño de contenido motivacional sin fuentes.