Los therians, las cámaras de eco y los monstruos que nosotros mismos creamos

Hola, querida clase obrera que se autopercibe como influencer de LinkedIn.

Esta semana el internet decidió que el tema urgente del que tenemos que hablar son los therians. No las reformas laborales con retrocesos históricos en Argentina y Ecuador. No los archivos Epstein. Lo importante son los chicos que se creen perros y ladran en los parques.

Fue tan relevante que los medios anunciaron encuentros therians con lugar, fecha y hora. Pero el día del gran evento, las únicas personas actuando como bestias que aparecieron fueron los curiosos y los críticos. De los therians, ni pelos ni señales.

Mi hipótesis: el evento no «falló». El evento era el pánico moral. Los therians fueron el pretexto para vendernos indignación colectiva, y cuando no aparecieron, los medios igual ganaron: «mira, tienen miedo de mostrarse».

Y para mí esto es importante hablarlo porque en los temas intrascendentes es donde más claramente se asoma cómo pensamos de verdad.

El mecanismo

El algoritmo no distingue entre un peligro real y uno inventado. Solo mide engagement. Y nada genera más engagement que indignarse por algo que no entendemos.

Los medios pusieron su parte porque llevan años en crisis: los suscriptores no alcanzan, el modelo publicitario se cae a pedazos, competir por atención es lo único que les queda. Así que cuando apareció algo suficientemente raro para generar clicks, lo amplificaron. Y nosotros, con cada share, cada opinión visceral, cada «no puedo creer que esto exista», financiamos el espectáculo.

El problema nunca fueron los therians. El problema fue que el sistema necesitaba un problema.

Nosotros también

Esos mismos algoritmos y medios que convirtieron a los therians en crisis moral son los que usamos para vender productos. Sin preguntarnos demasiado si hacen falta, sin preguntarnos si los efectos secundarios importan. Lo que importa es que los números cierren y los inversionistas estén contentos.

No es que seamos malvados. Es que operamos dentro del mismo sistema de incentivos. El algoritmo premia el engagement, los medios necesitan tráfico, nosotros necesitamos ventas. Nadie en esa cadena tiene demasiado interés en frenar y preguntar si lo que está pasando tiene sentido.

En lo que nos convertimos

Mucho de mi círculo es millennial, treintón cansado pero funcional. En nuestros tiempos también existieron movimientos raros: emos, punks, otakus, goths. Los mayores nos ridiculizaban. Nosotros juramos que nunca seríamos así.

Y acá estamos.

No porque seamos hipócritas. Los therians no salieron de la nada: salieron de la misma sociedad que ahora los juzga. Son producto de las mismas condiciones que nos produjeron a nosotros, adolescentes buscando identidad en un mundo que los aplasta con precariedad, con redes diseñadas para la adicción, con algoritmos que premian lo más extremo de cada uno. Nos señalan el sol y nos quedamos viendo el dedo.

El sesgo de confirmación hace el resto. Una vez que decidimos que algo es ridículo, todo encaja. ¿Ves? Están locos. ¿Ves? Son un peligro. Funciona siempre y siempre te da la razón, que es exactamente lo más peligroso. Porque mientras discutimos si los therians son una amenaza a los valores occidentales, las reformas laborales avanzan sin que nadie de clic sobre ellas.

El evento funcionó perfectamente

Las cámaras de eco no nos muestran la realidad. Nos venden una.

Si caíste odiando a los therians, no es que seas mala persona. Es que el sistema está diseñado para robarte la atención con algo suficientemente ridículo o amenazante, mientras lo que realmente importa se queda sin clicks. No hace falta que sea una conspiración. Basta con que sea un buen negocio.

La próxima vez que algo te indigna así de rápido, una sola pregunta: ¿quién se benefició económicamente de tu indignación?

Sigue el dinero, no el performance.

Nos vemos la próxima semana.

Por Francisco Maldonado C.

Francisco es un diseñador de productos con más de 10 años de experiencia en la industria de la tecnología. Es apasionado por crear productos que sean estéticamente agradables, fáciles de usar y funcionales. Actualmente trabaja como diseñador de interfaz de usuario en el banco más grande de Ecuador.