Querido, querida suscriptora.
Esa frase de Mike Monteiro cuando la leí me impactó, y más aún porque es verdad.
Creía que diseñábamos un mundo mejor
Cuando entré al mundo del diseño de UX se me iluminaron los ojos. Al inicio veía al diseño como una herramienta para comunicar, yo entré a este mundo para contar historias audiovisuales. Por cosas del destino terminé en UX, y ahí se conectó aún más con mis anhelos de impacto social: con el diseño de productos vi el impacto real en los usuarios y me creí esa frase que nos decimos: «estamos diseñando un mundo mejor».
Ya casi es una década trabajando en esta industria y fue maravilloso trabajar en proyectos que ayudaron a las personas a ahorrar tiempo, a que las tiendas de barrio aumenten sus ventas, a dar seguridad para manejar el dinero. Eso existe, sí cambiamos la materialidad de las personas.
Pero vivimos en una sociedad, en una sociedad capitalista. ¿Te acuerdas cuando en Silicon Valley había tanta plata que se podía «innovar» sin pensar en las ganancias? Pues eso se acabó. Uber dejó de ser esa experiencia premium donde te abrían la puerta y te regalaban agua, para convertirse en motos por todos lados y conductores que ni siquiera tienen seguridad social. Mientras nosotros tenemos viajes más baratos, alguien está pagando el precio en precariedad laboral.
Y nosotros diseñamos eso.
Ruined by Design (y por nosotros)
Hace un par de años leí «Ruined by Design» de Mike Monteiro y todo se acomodó en mi cabeza. Dije: wow, es verdad. Es algo que siempre he pensado pero, ¿por qué no hablamos más de esto?
Monteiro lo dice así: el mundo no está roto, está funcionando exactamente como fue diseñado. Y cuando lo leí, sentí algo incómodo: no estaba hablando de «las grandes corporaciones malas», estaba hablando de nosotros. De la feature que sacamos para subir métricas sin preguntar a quién dejaba fuera. Del formulario que hicimos enredado para que menos gente se queje. De cada vez que aceptamos «así es el negocio» como argumento final.
Siempre se habla de OKRs, de design systems, de la nueva funcionalidad de Figma. Pero, ¿cuántas veces tenemos talleres sobre ética más allá de cuando debemos aplicar las nuevas regulaciones sobre protección de datos? ¿Cuándo fue la última vez que en tu daily hablaron de si lo que están diseñando está bien o está mal, y no solo de si cumple los criterios de aceptación?
Casi todos los dilemas éticos en el trabajo huelen a lo mismo: dinero, ganancias, eficiencia. Y todas esas cosas, incluso sin mala intención, han ido arruinando el mundo.
El diseño es político (te guste o no)
Monteiro insiste en que el diseño es un acto político: lo que eliges diseñar, lo que eliges no diseñar y a quién dejas fuera del proceso son decisiones políticas, te guste o no.
Y ahí viene lo incómodo. Porque hablar de esto cuestiona el status quo. Porque implica que tal vez lo que estamos haciendo está mal, y eso duele. Porque es más fácil discutir si usamos tal componente o tal color, que preguntarnos para quién, por qué y para qué estamos haciendo esto.
Porque hablar de ética significa aceptar que tenemos poder, y con él, responsabilidad.
Mis contradicciones (probablemente las tuyas también)
No te escribo esto desde superioridad moral. Te lo escribo desde las mismas contradicciones que probablemente tú vives.
He estado en reuniones donde sabía que lo que estábamos diseñando era cuestionable. He callado más veces de las que me gustaría admitir. He aceptado que «así es el negocio» cuando debí preguntar «¿y para quién es el negocio?».
También he dicho que no. He levantado flags. He documentado riesgos éticos en mails que nadie leyó. He perdido discusiones y ganado otras. Y a veces, lo confieso, he sido cómplice.
Quiero mantener mi vida de comodidades, también quiero impactar a la sociedad para bien, pero no quiero ser el castroso eterno del equipo. Y tú probablemente tienes las mismas tensiones.
La diferencia, esta vez, es que ya no me quiero conformar con «así son las cosas».
Monteiro termina su libro con «qué podemos hacer para arreglar ese mundo que los diseñadores destruimos». Y en parte eso es lo que ahora quiero hacer.
Llegar más profundo: entender por qué pienso que algo está bien o mal, desde dónde lo estoy pensando, qué principios guían mis decisiones. Y ojalá que este texto te inspire, o al menos te incomode lo suficiente para que hagas algo.
¿De dónde sale esto?
La ética suena a eso que todo el mundo sabe qué es pero si les preguntas nadie puede explicar bien. Seguramente nos dieron alguna materia en la U o en el cole, pero ¿qué hay atrás? Porque una cosa es sentir culpa difusa, y otra muy distinta es tener claridad sobre tus propios principios éticos.
Y solo con esa claridad puedes empezar a tomar decisiones que te dejen dormir tranquilo.
Por eso la próxima semana quiero que nos pongamos el sombrero del pedante y hablemos con palabras rimbombantes: epistemología, deontología, utilitarismo, ética de la virtud. Sí, suena denso, pero es necesario. Porque si queremos articular por qué algo está bien o mal, necesitamos las herramientas conceptuales para hacerlo. No para repetirnos lo que otros dicen, sino para construir nuestros propios principios desde los que decidir.
Mientras tanto: ¿qué tan consciente eres hoy sobre el impacto ético que tienen tus decisiones en el trabajo? ¿Y más importante aún, tienes claridad sobre los principios desde los que estás tomando esas decisiones?
Nos vemos la próxima semana.
Recomendación: Mike Monteiro (2019): «Ruined by Design: How Designers Destroyed the World, and What We Can Do to Fix It»