Prefiero cerrar puertas siendo honesto que abrirlas siendo insecto

#MalPensamientos: Un año y medio procesando una contradicción: huir del sistema, volver al sistema, y entender por qué.

Primero casi me echan

En 2023 casi pierdo mi trabajo. No por mi desempeño técnico sino por cómo me relacionaba: era conflictivo, poco empático, me peleaba con la gente. Me dieron otra oportunidad y la tomé. Cambié mi actitud, aprendí a dejar fluir, a no pelear cada batalla. Las cosas mejoraron.

Lo que no me pregunté en ese momento es si ese cambio fue crecimiento real o simplemente supervivencia.

Luego me fui

En junio de 2024 me vine a vivir a Mulalillo, Salcedo, Cotopaxi. Estaba en un proyecto burocrático que no avanzaba, cansado de sentirme invisible para los ascensos, necesitando aire. Acá amanece y anochece más temprano, no llega Uber Eats, el ruido es diferente. Fue de las mejores cosas que he hecho por mí mismo.

Pero seguía sin nombrar bien lo que estaba huyendo.

Luego me reconocieron

A inicios de 2025, con el mismo rol de siempre, sin ascenso, sin cambio en la nómina, me reconocieron como «referente de cultura» en la misma empresa donde en 2023 casi me echan.

Me alegré. De verdad. Pero algo no cuadraba: ¿me reconocieron porque crecí, o porque aprendí a no incomodar?

Entonces desperté convertido en insecto

Leí La Metamorfosis hace más de 15 años. La tenía como referencia vaga: alienación, vivir para trabajar, bla bla. «Pero a mí no me pasa eso», pensaba.

Hasta que alguien me dijo «deja de defender lo indefendible» por explicar el contexto de una decisión de diseño, y algo me dio en plena cara.

No me estaba convirtiendo en insecto. Ya lo era. Llevaba años sacrificándome para complacer la maquinaria: en el trabajo, en LinkedIn, en cada espacio donde necesitaba seguir existiendo. Lo que yo llamaba «crecer en empatía» era en realidad supervivencia: me amoldé para que no me descartaran. Funcionó. Mis relaciones laborales mejoraron, dejé de ser «el conflictivo», me aceptaron en reuniones, me dieron aplausos y palmadas en la espalda.

Pero como con Gregorio Samsa: me aceptaban mientras fuera útil. Porque cuando dependes de un sistema que solo te mide por lo que produces, utilidad y amor se confunden.

El problema con el feedback

Cuando critico un diseño, la respuesta pocas veces va al argumento. Apunta a mí. No me dicen «tu análisis es incorrecto», me dicen «empezaste», «no necesitamos tu negatividad», «¿tú qué has hecho para criticar el trabajo de los demás?»

Eso no es feedback. Es atacar a la persona para no tocar el problema. Y entiendo por qué pasa: en el mundo corporativo señalar errores es una amenaza al status quo, a jerarquías, a decisiones que ya alguien avaló arriba. El problema no es que la gente sea mala, es que el sistema premia no hacer olas.

Y sí, yo también tengo mis sesgos. Cuando me dicen «cambia tu actitud», mi primer impulso es pensar «pero tú quién eres». Lo admito. Pero me cansa que después de aguantarme, el problema siga siendo mi forma de decirlo y no lo que estoy diciendo.

Hay una canción de 31 Minutos que termina diciendo: «yo hablo como quiero, como se me da la gana, si no le gusta no es mi problema». Y aunque suena provocador, el fondo es serio: si nadie es suficiente para juzgar, lo único que nos queda son los argumentos. No importa quién los diga, importa si sostienen el peso de la realidad.

La resolución incómoda

Cultivar aguacates en Salcedo no paga las deudas. O no por el momento. Tengo familia que depende de mí. Necesito el sueldo. No puedo lanzarme al vacío romántico del freelance eterno.

Entonces sí, vuelvo al camino corporativo. Justo al revés de lo que todo el mundo dice querer hacer. Y la ironía es cruel: después de semanas procesando cómo no quiero amoldarme al sistema, aquí estoy, aceptando que me quedaré en él.

Pero hay una diferencia: antes lo veía como destino. Ahora lo veo como herramienta. Trabajo en una empresa que afecta materialmente a millones de personas, productos que determinan si alguien puede comprar una casa o quedar excluido del sistema. Ese impacto es real. Y desde ahí puedo construir espacios de investigación crítica y educación en paralelo. No es la gran revolución, pero es el camino que puedo sostener mientras salgo de deudas y construyo lo siguiente.

El conflicto no es malo en sí mismo. Es malo cuando no tiene objetivo claro. Puedo seguir señalando lo que está mal, pero la diferencia ahora es que sé para qué: no para ganar discusiones, sino para que los productos no sean un desastre y el usuario no pague por nuestra mediocridad.

Por qué escribo esto

Sé que alguien puede leer esto y pensar «este man es demasiado conflictivo para contratarlo». Puede ser. Pero prefiero cerrar esas puertas que abrirlas siendo insecto.

Y si a alguien le sirve de alivio saber que no está solo navegando estas contradicciones, que estar incómodo en el lugar correcto es mejor que estar cómodo en el lugar equivocado, entonces ya valió la pena escribirlo.

Por Francisco Maldonado C.

Francisco es un diseñador de productos con más de 10 años de experiencia en la industria de la tecnología. Es apasionado por crear productos que sean estéticamente agradables, fáciles de usar y funcionales. Actualmente trabaja como diseñador de interfaz de usuario en el banco más grande de Ecuador.